• octubre 14, 2021
  • Janet Álvarez Miranda
  • Fuego, Tierra

La transición pacífica

La muerte es la única certeza en la vida. Incluso desde el punto de vista biológico y filosófico, desde que nacemos estamos muriendo. El proceso de muerte, así como la posibilidad de circunstancias posteriores a ella, han sido abordados en todos los ámbitos del quehacer humano y por lo tanto han dado lugar a un sinfín de teorías y explicaciones. Desde culturas antiguas existen textos especializados; en Egipto usaban el Peri Em Heru (Avanzando hacia la luz del día en egipcio) y en el Tibet el Bardo Thodol (Liberación mediante la audición en el plano intermedio). En la Edad Media surgió en Europa el Ars Muriendi, un tratado sobre el proceso de muerte. Hoy día existen estudios muy reconocidos por sus bases científico-humanísticas como los de la médico y siquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross.

Más allá del debate natural entre las distintas posturas, lo trascendente es profundizar el común denominador de muchas de ellas; la posibilidad del bien morir. El bien morir se refiere al manejo adecuado que se da al proceso de muerte, tanto previo a ella como postmortem. Dicho manejo aplica tanto a las personas que van a morir, como a sus seres queridos. En adelante revisaremos este concepto en el contexto actual y sobre todo en el marco de espiritualidad contemporáneo.

Afrontar un proceso de muerte es para la mayoría un trance complicado, en donde el manejo del dolor varía según la formación religiosa, creencias personales y tradiciones culturales. En general no se le afronta como a cualquier proceso de pérdida y con toda seguridad es emocionalmente una de las circunstancias más complejas que enfrentamos en nuestra vida. Nos expone a nuestra fragilidad biológica y simultáneamente nos remite a interrogantes espirituales y filosóficas ancestrales. Preguntas existenciales que -conciente o inconcientemente- evitamos y para las cuales la gran mayoría de las personas no tienen respuesta.

El manejo adecuado de esta situación ha cobrado tanta importancia que hace pocas décadas se desarrolló una ciencia especializada, la Tanatología (estudio de la muerte), cuyo objetivo es generar las condiciones que hagan más sencillo el proceso de duelo. La importancia de esta perspectiva radica en que busca aminorar el dolor, tanto de la víctima como de los allegados, mediante la consideración del paciente más que como un enfermo; como una unidad biológica, psicológica, social y sin lugar a dudas espiritual.

Por lo tanto la necesidad del bien morir responde también a bases espirituales -teológicas y gnósticas-; donde cada persona desarrolla visiones particulares. En la perspectiva budista tibetana del proceso de muerte es imprescindible considerar los términos de karma y renacimiento como esenciales en ese contexto. En ella, el trance de muerte es tan importante como el del potencial kármico para definir las condiciones del renacimiento. Es decir, el estado mental al momento de morir es causa de las condiciones positivas o negativas de nuestra siguiente vida.

Una profunda explicación de este proceso se encuentra en el Bardo Thodol texto concebido por Padma Sambhava (aunque actualmente existe una “adaptación” a la comprensión occidental escrito por Sogyal Rimpoché, titulado El libro tibetano de la vida y de la muerte). Este texto es una detallada descripción de las etapas del plano intermedio o bardo, es decir el momento de muerte previo al renacimiento. Lo ideal es que el sujeto lea este texto en vida para preparar este proceso, sin embargo; en casos especiales cierto tipo de Lamas pueden asistir al sujeto una vez llegada la hora de la muerte, para guiar la conciencia del moribundo durante las adversidades y transformaciones del plano intermedio. El Bardo Thodol identifica las reacciones de la mente frente a las manifestaciones que enfrentaremos durante el bardo y que -según nuestro potencial kármico- podrían ser potencialmente hermosas, aterradoras, tranquilizadoras o iracundas. Salir avante de dichas manifestaciones nos lleva a alcanzar el renacimiento y según sea el caso, el estado de iluminación. Un trance complicado tendrá consecuencias negativas.

Es evidente que llevar de manera sana un trance tan complejo redundará en beneficios para la persona y familia. Sin embargo sería muy difícil pretender que todos los inmiscuidos enfrenten de esa manera una situación repentina. Por lo tanto la tradición tibetana señala que la preparación para la muerte debe ser un ejercicio de toda la vida. De hecho las enseñanzas del Bardo Thodol, a diferencia de la perspectiva común, son una iniciación “al revés” ya que preparan la conciencia para el descenso al ser físico, contrariamente a otros libros que preparan al ser vivo para el hecho de la muerte. En vida lo recomendable –además evidentemente de generar y mantener un comportamiento ético- es meditar en la impermanencia del ser, en el desapego y en que nuestra conciencia se desarrolla a través de un continuo mental. Así mismo en no dejar situaciones emocionales sin resolver e incluso aclarar las de orden legal.

Finalmente, no tenemos que creer en nada más que en las bondades de aminorar el dolor de ese momento, lo cual desde todas las perspectivas tiene sentido. Aunque también podríamos pensar que la conciencia es un largo proceso de mejora que incluye repetidamente lapsos de vida y muerte… de cualquier modo y en ambos escenarios debemos trabajar para preparar desde hoy una transición pacífica.

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