• octubre 16, 2020
  • Janet Álvarez-Miranda
  • Movimiento

En una ocasión la Dra. Teresa del Conde, cuando era directora del Museo de Arte Moderno, escribió que las esculturas de Marín eran “autocomplacientes”, piezas autosuficientes, satisfechas del estado que guardan entre sí.

Al observar la obra de Javier Marín, uno tiene la impresión de que acaba de interrumpir algo, pareciera como si las esculturas hubieran estado realizando una serie de actividades, movimientos y contorsiones.

Todos los personajes se mueven en su quietud, y es que las emociones nunca son estáticas.

Javier Marín nació en Uruapan, Michoacán en 1962, el único tema que trata en sus esculturas es el cuerpo humano en ocasiones fragmentado, en ocasiones emergiendo del material que lo compone…

La escultura es una necesidad diaria para mi espíritu, hay una parte de mí  que se tiene que expresar con volumen, con formas, no decidí estudiar para ser escultor, hago lo mismo que hacía cuando era niño, el juego sigue siendo juego, pero ahora a nivel profesional.

Sus figuras han crecido con el tiempo, metafórica y literalmente hablando. Alrededor de 1991 comenzó a elaborar  figuras de barro de gran formato, que una vez modeladas, se disectan para quemarse, armándolas posteriormente. En ocasiones las uniones entre las piezas son con alambre, como si se tratara de suturas en una cirugía mayor.

Mis obras no son retratos, ni siquiera son  una preocupación anatómica… Son gentes completas…

Se me hace increíble de qué manera nuestro interior se refleja físicamente en el cuerpo, es de una sutileza que me apasiona.

Javier Marín no niega el objeto ni la técnica, retoma y aprende de siglos de tradición artística y herencia cultural.

Sus rostros nos recuerdan la perfección de la escultura clásica. Sus cuerpos, los movimientos atormentados del manierismo y sin embargo, sus piezas son únicas, personales, contemporáneas.

Pareciera que todos mis personajes fueran un solo modelo, pero no trabajo con modelos, es una figura que se compone de todas las influencias que tengo, toma un poco de los clásicos de cualquier cultura y cualquier tiempo, tiene un poco de mezcla entre la escultura religiosa y el arte prehispánico.

En su obra más reciente, Marín nos muestra cuerpos desarticulados, realiza cubos con fragmentos de partes del cuerpo: una nariz, unos labios carnosos, un ojo con la pupila dilatada, elementos disparatados que se  pueden unir y separar como un rompecabezas, pero por más que uno trate de unirlas nunca cuadran, nunca formarán un cuerpo íntegro…

Quizá se trata de una  metáfora de nuestra sociedad desmembrada, de nuestra individualidad fragmentada en constante búsqueda de sentido.

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