Zapata, Juan Gabriel y la Virgen de Guadalupe… Una festividad popular en la que se han colado Paul (Gauguin) y Vincent (Van Gogh). Así, dicho en palabras, todo se antoja absurdo, pero hay algo de verdad y sentido en medio de todo esto, algo que remite indefectiblemente a las letras dibujadas en los vientres desnudos… alguien voltea hacia nosotros y la escena nos resulta contundentemente familiar.

Daniel Lezama comienza a exponer un buen día a principios de la década de los 90, justo cuando estaba en pleno auge el re-descubrimiento del hilo negro al constatar que el arte, producido bajo el influjo de discursos y conceptos, podía ser ificaz en su comunicación. Decir en este contexto que se es pintor es un arma de dos filos, por un lado ante los que después de dos siglos siguen matando a la pintura y, por el otro, frente a los que la reducen a un objeto decorativo. 

Daniel Lezama

¡Un pintor!, ¡y salido de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM!, con lienzos pretenciosos, mostrando referencias a una tradición que en ese preciso momento no estaba muy a la alza que digamos, con una exploración técnica y plástica que recordaba un pasado del que buena parte buscaba desmarcarse… y, sin embargo, había algo inquietante en esos cuadros.

Lezama ha establecido una curiosa relación con la realidad. No copia fotográficamente su entorno; tampoco recrea escenas tangibles ni señala las omnipresentes coyunturas políticas y sociales tan en boga dentro del discurso contemporáneo. Su trabajo, entre la evocación y la reconstrucción imaginaria, re/presenta un mundo que se antoja próximo, toda vez que no lo encontramos en esa otra realidad que nos bombardea día a día.

Esas miradas ambiguas, la contundente flacidez y las escenas de la perversión casera; los escenarios desquebrajados, las borracheras, el jueguito sexual infantil que muchas veces termina en tragedia y, las otras, condenadas al silencio de complicidades olvidadas… algo que no se ve muy a menudo, y mucho menos en las salas esterilizadas que abren sus brazos a tantos objetos silentes.

El trabajo de Lezama no es político, ni social, ni conceptual… Es pintura, representación de imaginarios que muchas veces muestra situaciones tan censurables como seductoras, como lo es una pintura en diálogo con el objeto provocador que contextualiza una realidad. Ni la pintura estaba muerta ni andaba de parranda (bueno, a veces sí), pero en el trabajo de Lezama, está en la pintura con sus trucos y su historia; la composición, la luz, los efectos de campo y profundidad; ahí, están Courbet y Goya, José María

Velasco y lo que en los salones de bachillerato se llama “Escuela Mexicana de Pintura”.

Está, sobre todo, la posibilidad de hacer algo con aceites y pinceles, que va más allá del adorno silencioso o del reciclaje cultural. 

árbol-nodriza

Lezama no es un sujeto aislado ni el bastión de la pintura frente a las nuevas estrategias artísticas. De alguna buena forma está también en los discursos contemporáneos y, de ello, da buena cuenta que haya sido reconocido por un buen número de becas y su presencia esté en muchos salones de arte actual, lo cual, por cierto, refiere una buena aceptación por un mercado del arte.

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